El genocidio perpetrado por el dictador libio, Muammar al Gadafi, ha hecho florecer las más grandes contradicciones entre quienes defienden el “proceso revolucionario” que vive nuestro país.
En primer lugar, una extraña actitud conciliatoria despertó en nuestro Presidente, quien acostumbrado a utilizar un verbo amenazante y cargado de violencia, reclamó de forma vehemente la concertación de un diálogo y se propuso como mediador del conflicto, luego movilizó la estructura populista del ALBA para darle más cuerpo a su propuesta, pero allí quedo, por suerte para los rebeldes libios.
El propio Chávez defendió a su gran amigo Gadafi, diciendo que los opositores estaban armados, que incluso aviones tenían en su poder, por lo que la respuesta del coronel, bajo su criterio, estaba justificada.
Valdría la pena preguntarse, usando algunos ejemplos conocidos. ¿Cómo queda el discurso oficial que rechaza el combate que llevó a cabo la joven democracia venezolana contra los grupos de izquierda que se alzaron en armas contra la incipiente institucionalidad pos dictadura? Eran grupos armados que defendían aspiraciones políticas, es decir, la acción contra ellos se justificaba si empleamos el mismo criterio esgrimido por el Presidente en esta ocasión. Y, adicionalmente, ¿apoya el gobierno el combate a los grupos guerrilleros que hacen vida en Colombia? Digo, si usamos su propia lógica, son grupos armados, lo cual justificaría la respuesta del Estado colombiano para garantizar la estabilidad de su gobierno e instituciones.
Por otra parte, el gobierno rechaza la actuación imperial que quiere apropiarse de las reservas petroleras de Libia, sí, las mismas que había venido entregando el coronel Gadafi a occidente, con el fin de garantizar su estadía en el poder. Tristemente, la revolución se hace la desentendida y vende como la causa de la intervención extranjera en Libia, la de un supuesto interés energético.
Para colmo de males, el gobierno de Chávez traiciona al pueblo libio, entendiendo como pueblo, únicamente a los ciudadanos que apoyan al dictador. ¿Por qué los traiciona? ¿Quién vende el petróleo que luego es refinado y se convierte en el combustible de los aviones, buques y submarinos que bombardean territorio libio?
En fin, la doble moral revolucionaria es, usando una expresión repetidísima, el talón de Aquiles del proceso. Les preocupan los muertos en Libia, mientras permiten que en Venezuela el hampa acabe con la vida de cientos de venezolanos cada semana. El gobierno debería atender bien su casa que atestada de problemas está, antes de andar opinando sobre lo que pasa en el vecindario.
Francisco Javier Touceiro Rodríguez.
